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Axl y sus secuaces versionan de mala forma a Guns N’ Roses

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Guns and Roses
 

Pocas veces un concierto puede convertirse en una broma final, en un acto de tan mal gusto que acaba reduciéndolo todo a un constante tic tac de las agujas del reloj. Si el asunto ya es de por sí desagradable, cuando la cosa se convierte en una lenta agonía espantosa de dos horas y media de show en el que se entremezcla la pesadilla y la risa irónica.

Axl Rose y sus mercenarios aparecieron en el Costa de Fuego bajo el nombre de Guns N’ Roses varios minutos antes de la una de la madrugada, cuando estaban citados para entrar en el escenario que lleva el mismo nombre que el festival. Tres guitarras, un bajo, teclados, batería y un DJ acompañaban al líder de una de las bandas hard rock referencia de los ochenta sobre un escenario que parecía sacado de cualquier feria de barrio. Pirotecnia abusiva, pantallas recargadas que cubrían el fondo del escenario, un paso elevado en el que se encontraba el batería y que Rose recorrería multitud de ocasiones cumplían una función: esconder la mala calidad de una banda de marca blanca que no tenía nada que mostrar.

Porque si ya de por sí es triste que tan solo quede Axl Rose de la formación original, roza lo patético que el concierto se torne gran parte de los 150 minutos en una especie de talent show en el que Rose aparecía en el escenario para presentar a los miembros de la banda que practicaban solos e incluso se atrevían a cantar. A cada canción, el de Indiana aparecía y desaparecía del escenario, dando protagonismo a los miembros contratados por el artista y que hacían del concierto un espectáculo bochornoso.

Rose decidió que para lucirse en su brillante puesta en escena era necesario cambiarse de ropa tantas veces como salía del escenario o lo hacían las presentadoras de galas televisivas de los noventa. Hasta media docena de veces pudimos ver al de Indiana con nuevos modelos que no hacían más que evidenciar el tipo de espectáculo que estaba marcándose.

Fue fácil saber a qué hacíamos frente cuando en su segunda intervención arrancó con una deplorable Welcome to the Jungle en la que parecía una banda tributo. Con Sweet Child of Min, Don’t Cry o Rocket Queen terminó por demostrar que su voz se ha perdido en alguna fiesta que acabó de mala forma y que nunca volverá por más que se empeñe ahogado entre democracias chinas y aires de estrella terminal. La gota que fue capaz de colmar el vaso de la paciencia agotada fueron las versiones que la banda decidió destrozar a cañonazos como el Baba O’Riley de The Who, Another Brick in the Wall de Pink Floyd o Dead Flowers de los Stones que se añadían al delirio más bajo su constante obsesión por destrozar grandes canciones de la música popular. Broma de mal gusto la del primer cabeza de cartel de Costa de Fuego. Toca esperar a Marilyn Manson.

Terra